«El matrimonio no es aguantar: es saber amar, sanar y volver a elegirse»
Donald y Silvia Franz llevan décadas fortaleciendo parejas. Su propia historia confirma que cuando dos personas deciden trabajar, perdonar y poner a Dios en el centro, la restauración es posible.
Para Donald y Silvia Franz, el matrimonio nunca ha sido solamente una relación entre dos personas. Es una misión, una escuela de crecimiento y, sobre todo, un llamado.
Plantadores de iglesias y fundadores de Fortaleciendo Familias, han dedicado gran parte de sus vidas a acompañar matrimonios en crisis, formar hogares y compartir principios para la restauración integral de la familia. Lo han hecho a través de conferencias, programas de televisión, consejería y libros, además de su colaboración como conferencistas con el ministerio Enfoque a la Familia.
Sin embargo, detrás de las enseñanzas, los escenarios y los libros, existe una historia profundamente humana. Una historia construida no desde la perfección, sino desde la decisión cotidiana de permanecer, aprender y volver a elegirse.
Donald y Silvia llevan más de tres décadas caminando juntos. Han enfrentado enfermedades de sus hijos, dificultades económicas, presiones externas, momentos de quebrantamiento y temporadas en las que la vida puso a prueba sus convicciones.
En entrevista con Latinas RealEs declararon que lo que los ha sostenido, aseguran, no ha sido la ausencia de problemas, sino la existencia de un fundamento común.
Una pasión que los mantiene mirando en la misma dirección
Donald cree que uno de los grandes secretos de un matrimonio duradero es tener una pasión compartida.
“Lo que mantiene unido a un matrimonio tiene que ser una pasión en común”, afirma. Para ellos, esa pasión ha sido trabajar en favor de las familias. Es el tema del que hablan en casa, en el automóvil, durante los viajes y en medio de la vida cotidiana.
No significa que una pareja deba dedicarse profesionalmente a la misma actividad, sino que necesita encontrar un propósito que trascienda los intereses individuales.
Los hijos, los bienes, la empresa o la posición económica pueden formar parte de la vida matrimonial, pero no deberían convertirse en su único fundamento. Los hijos crecen y se marchan. Los negocios pueden terminar. Los bienes pueden perderse.
Cuando toda la relación se ha construido alrededor de esas circunstancias, llega un día en el que los esposos pueden mirarse y descubrir que se han convertido en dos desconocidos.
Por eso, Donald y Silvia insisten en que la pareja debe conservar algo que la una más allá de las obligaciones: una visión, una fe, una causa, una conversación que siga viva cuando cambien las temporadas.
Nacer como originales y no morir como copias
Desde su adolescencia, Donald entendió que la vida debía responder a un propósito. Sus padres le enseñaron que trabajar, progresar y construir estabilidad eran cosas valiosas, pero que ninguna de ellas representaba el sentido último de la existencia.
Una frase de su madre terminó marcándolo: “Tú eres la solución para un problema de este mundo”.
Para él, cada persona debe descubrir para qué fue enviada. De lo contrario, corre el riesgo de pasar la vida imitando los logros, las decisiones y las definiciones de éxito de los demás.
“Uno nace como original y puede terminar muriendo como copia”, reflexiona.
Silvia llegó a esa búsqueda desde una historia diferente. Mientras Donald creció en una familia que fortaleció su fe y su sentido de propósito, ella reconoce que Dios fue quien la rescató, la cuidó y llenó vacíos que su entorno familiar no había podido llenar.
Sus caminos eran distintos, pero ambos tomaron una decisión semejante: poner sus vidas a disposición de Dios y preguntarle qué quería hacer con ellas.
Esa entrega se convirtió más tarde en la base de su matrimonio y de su servicio a otras familias.
A veces se gana y a veces se aprende
Cuando hablan de sus años de matrimonio, Donald y Silvia no intentan ocultar las dificultades. Al contrario: consideran que las cicatrices forman parte del testimonio.
Donald cuestiona la idea de que en la vida unas veces se gana y otras se pierde. Para él, unas veces se gana y otras se aprende.
El problema no está únicamente en cometer errores, sino en negarse a capitalizar lo aprendido. Una pareja que repite las mismas reacciones, las mismas palabras y los mismos patrones mientras espera un resultado distinto termina atrapada en un ciclo de frustración.
La experiencia propia puede enseñar, pero ellos también valoran la sabiduría de aprender de las cicatrices ajenas. Los libros, la consejería y el testimonio de otros matrimonios pueden evitar heridas que no necesariamente tienen que experimentarse en carne propia.
Silvia utiliza una imagen para describir los momentos difíciles: un pequeño pájaro que permanece firme mientras la lluvia y el viento golpean su cuerpo. No puede detener la tormenta, pero sí puede resistir hasta que pase.
A esas temporadas las llama “las bendiciones del quebrantamiento”.
El dolor deja marcas, reconoce. Pero una cicatriz sana ya no duele cuando se toca. Permanece como evidencia de lo vivido, aunque ya no tenga el poder de herir.
En muchos de sus momentos más complejos, Silvia encontró fortaleza ayudando a otras personas. Cuando sentía que podía quedarse paralizada por su propia tristeza, entendía que alguien más podía estar atravesando una situación igual o incluso más dolorosa.
Levantarse para servir también ayudó a sanar su corazón.
Las conversaciones que un matrimonio no puede seguir evitando
Para Donald y Silvia, algunas de las conversaciones más incómodas son también las más necesarias.
Hablar de intimidad, dinero, frustraciones, expectativas, heridas o necesidades emocionales puede producir temor. El verdadero desafío no siempre está en formular la pregunta, sino en escuchar la respuesta sin defenderse.
Donald propone un ejercicio sencillo, aunque profundamente exigente: darle al cónyuge la libertad de hablar y comprometerse a no interrumpir, justificar ni contraatacar.
Escuchar lo que al otro le duele puede golpear el ego. Pero si cada confesión termina convertida en una discusión o es utilizada posteriormente como arma, la persona aprenderá a callar.
Entonces comienza la acumulación.
Se traga una incomodidad, después otra y luego otra, hasta que lo contenido explota como un volcán.
El matrimonio necesita convertirse en un espacio seguro en el que ambos puedan expresar lo que sienten de una manera respetuosa. Eso no significa que siempre llegarán a la misma conclusión.
Donald habla de aprender a vivir en un “armonioso desacuerdo”: no comprender completamente el punto de vista del otro y, aun así, mantenerse en la misma vereda.
Estar en desacuerdo no tiene por qué convertir a los esposos en adversarios.
Amar cuando el otro no está en su mejor momento
Una frase ha acompañado a Donald y Silvia durante años: “Amar es darle al otro lo que más necesita cuando menos parece merecerlo”.
Es fácil mostrar afecto cuando la otra persona responde como esperamos. Lo difícil es hacerlo cuando está herida, enojada, frustrada o atravesando una de sus peores temporadas.
Para ellos, ese es precisamente el momento en el que el amor deja de ser una emoción agradable y se convierte en una decisión.
No se trata de aprobar conductas destructivas ni de permitir abusos. Se trata de responder con empatía, preguntarse qué hay detrás de la reacción y buscar una solución en lugar de aumentar la herida.
Donald advierte que muchas relaciones funcionan bajo una especie de intercambio: “Te doy un poco de amor, siempre que tú me respondas de la manera que espero”.
Pero el amor maduro no puede reducirse a una transacción.
La mentira de que el amor simplemente se terminó
Una de las ideas que más preocupa a Donald y Silvia es la afirmación: “Ya no nos amamos”.
A su juicio, esta puede ser una de las mentiras más peligrosas para un matrimonio.
Con frecuencia, no es que el amor haya desaparecido, sino que la pareja dejó de cultivarlo. Se descuidaron los detalles, las conversaciones, el tiempo compartido, la intimidad y el interés por el mundo emocional del otro.
“El amor no es solamente algo que se siente. Es algo que se hace”, sostiene Donald.
Desde esa perspectiva, decir “ya no te amo” podría significar en realidad: “Ya no quiero invertir en esta relación”.
Los sentimientos son importantes, pero también son variables. Si todo el compromiso depende de sentir permanentemente la misma intensidad del comienzo, la relación queda expuesta a cada cambio emocional.
El amor matrimonial necesita expresarse en acciones, decisiones y prácticas sostenidas.
Perdonar no significa permitir
El énfasis de Donald y Silvia en la restauración no implica desconocer la existencia del abuso, la violencia o las dinámicas destructivas.
En este punto son categóricos: ninguna persona está llamada a someterse al maltrato.
Una situación de violencia debe ser confrontada, denunciada y atendida profesionalmente. Amar a alguien no significa protegerlo de las consecuencias de sus acciones ni poner en riesgo la integridad propia o la de los hijos.
“El amor tiene que ser firme y poner límites”, explican.
También aclaran que perdonar no equivale a restablecer inmediatamente la relación como si nada hubiera ocurrido.
Después de una infidelidad, un engaño, una adicción o una ruptura profunda de la confianza puede ser necesario atravesar un proceso largo de restauración. Perdonar puede ser una decisión espiritual y emocional, mientras que reconstruir la confianza requiere tiempo, evidencia de cambio, acompañamiento y límites claros.
La restauración, aseguran, siempre es posible cuando ambos desean trabajar. Pero nadie puede obligar a otra persona a cambiar, permanecer o buscar ayuda.
La disposición de los dos es indispensable.
La fe se demuestra antes de predicarse
Donald y Silvia también advierten sobre el peligro de utilizar la fe como herramienta de presión, manipulación o control dentro del matrimonio.
Una persona puede hablar constantemente de Dios y, al mismo tiempo, actuar sin integridad en su hogar.
Por eso, su consejo es directo: antes de predicarle al cónyuge, hay que mostrarle a Cristo a través de la conducta.
La paciencia, el dominio propio, la compasión, la humildad y la capacidad de pedir perdón pueden comunicar más que un discurso religioso.
“La sal da sed”, recuerda Donald. Una vida transformada debería provocar en los demás el deseo de conocer la fuente de ese cambio.
Cuando alguien deja atrás la violencia, la agresividad, la mentira o la irresponsabilidad y comienza a vivir con integridad, su testimonio adquiere credibilidad.
La fe que fortalece un matrimonio no es la que se utiliza para imponer, sino la que se encarna.
Una mujer con fe también tiene voz
Silvia rechaza la idea de que una mujer de fe deba ser anulada, silenciada o convertida en una figura sin criterio propio.
Ella entiende su papel como una cobertura capaz de rodear a su esposo con sabiduría, favor y discernimiento. Sin embargo, reconoce que esa influencia implica una enorme responsabilidad.
Sus palabras pueden edificar, alertar y orientar, pero también pueden desalentar o confundir.
Por eso considera fundamental mantener una relación cercana con Dios. Cuanto más fortalecida esté espiritualmente, mejor podrá discernir antes de aconsejar o reaccionar.
Donald agrega que el liderazgo del esposo no debe confundirse con tiranía o machismo. Las decisiones familiares deben construirse mediante el diálogo, la oración y el sentido de equipo.
Ser cabeza del hogar, desde su visión, no significa obtener privilegios, sino asumir la responsabilidad de proteger, servir, proveer y velar por la familia.
Por su parte, la mujer no debe aplastar, controlar ni desautorizar constantemente al esposo.
El objetivo no es establecer una competencia por el poder, sino construir una alianza.
Un matrimonio no funciona con roles de piedra
Aunque Donald y Silvia defienden principios bíblicos para la familia, también reconocen que las responsabilidades prácticas no pueden convertirse en estructuras rígidas.
Existen temporadas en las que la mujer puede ganar más dinero, mientras el hombre asume una mayor responsabilidad en el cuidado de los hijos o en las labores domésticas.
Eso no disminuye a ninguno de los dos.
A lo largo de su matrimonio, ambos han realizado tareas que, en determinados momentos, habrían podido considerarse responsabilidad del otro. Han cuidado niños, preparado alimentos, trabajado fuera de casa y sostenido distintas áreas de la familia según las necesidades de cada etapa.
Lo esencial no es quién hizo cada tarea, sino recordar que están en el mismo equipo.
“Todos ganamos o todos perdemos”, resumen.
El éxito que cuesta la familia es demasiado caro
El mensaje de Donald y Silvia adquiere una relevancia especial para las mujeres que lideran empresas, desarrollan carreras profesionales, generan ingresos y sostienen buena parte de la dinámica económica del hogar.
Ellos no condenan el crecimiento profesional de la mujer. Sin embargo, invitan a examinar el costo que algunas definiciones de éxito pueden imponer a la familia.
Una posición, una propiedad, un automóvil o un nivel de vida no deberían conseguirse a cambio de una ausencia permanente.
Los hijos no necesitan únicamente provisión material. Necesitan tiempo, conversación, contacto, seguridad y presencia.
En ocasiones, proteger lo esencial puede requerir ajustar el presupuesto, posponer ciertas aspiraciones o elegir un estilo de vida más sencillo.
Donald lo expresa de una manera contundente: alcanzar el sueño financiero mientras se pierde la relación con los hijos no puede llamarse éxito.
Es, en sus palabras, “un fracaso con dinero”.
La reflexión no pretende imponer un único modelo familiar. Cada hogar enfrenta circunstancias económicas y laborales diferentes. La invitación es a revisar prioridades, distribuir las responsabilidades de manera consciente y evitar que el ritmo de producción termine devorando aquello que originalmente se quería proteger.
La decisión de no rendirse
- ¿Qué le dirían Donald y Silvia a un matrimonio que está a punto de rendirse?
- Que antes de tomar una decisión definitiva en medio del dolor, se pregunte si ambos están verdaderamente dispuestos a luchar por la relación.
El primer paso, aseguran, es decidir.
Ninguna herramienta, consejería, conferencia o libro puede ayudar a quien se niega completamente a participar en el proceso. La restauración comienza cuando la pareja deja de luchar entre sí y aprende a identificar el verdadero problema.
“No le declares la guerra a tu cónyuge. Declárale la guerra al divorcio y a todo aquello que quiere destruir la relación”, afirma Donald.
Esa decisión no elimina las dificultades ni garantiza resultados inmediatos. Pero cambia la dirección de la batalla: el esposo y la esposa dejan de verse como enemigos y comienzan a enfrentarse juntos al resentimiento, la indiferencia, la falta de comunicación y los patrones que los separan.
Orar juntos, incluso en el automóvil
Después de más de tres décadas, Donald identifica una práctica sencilla que ha sostenido su matrimonio: orar juntos todos los días.
No solamente en la iglesia ni en momentos solemnes.
Oran mientras conducen, antes de una reunión, por sus hijos, durante los viajes y en medio de las necesidades cotidianas. A veces la oración consiste simplemente en reconocer: “Señor, te necesitamos en nuestra familia. Necesito tu amor para poder amar”.
Esa práctica mantiene viva la conciencia de que no tienen que resolverlo todo solos.
No es una fórmula automática, sino un acto diario de humildad.
Amor y aventura
Al final de la conversación, Donald y Silvia fueron invitados a resumir su historia en una sola palabra.
Silvia eligió amor.
Habló del amor que recibió de Dios, del perdón que transformó su vida y de Donald como un regalo que desea cuidar.
Donald eligió aventura.
Después de tantos años, continúa describiendo la vida con Silvia como una experiencia nueva, alegre e impredecible. Dos personas inquietas, aventureras y dispuestas a seguir caminando juntas.
Su respuesta resume quizá la enseñanza más profunda de su historia.
El matrimonio no debería convertirse en una condena, una cárcel o una resignación silenciosa. Tampoco es una relación sin heridas, diferencias o temporadas difíciles.
Es una construcción permanente entre dos personas que aprenden a amar, confrontar, perdonar, reír, servir y volver a elegir.
Porque, como asegura Donald: “El matrimonio no es aguantar. El matrimonio es una de las mejores cosas que pueden sucederles a dos personas que se aman y deciden hacer las cosas bien”.

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